Tanto que decir, más que callar...
Siempre hay una reacción, a cada pálpito, a cada sonido, a cada acción... Siempre hay algo que contar pero no siempre se tiene a quien... Siempre existirá la magia de quien sabe leer a la vez que entiende.
viernes 20 de enero de 2012
O me relajo y me organizo, o tiro la toalla.
STOP!! Cita, relájate!!!!
El 2012 ha llegado a mi vida con tanta fuerza y con tantas ganas de hacer cosas y de emprender caminos que me faltan horas. Y esta vez no es excusa por encontrarme "un poco agobiada". En esta ocasión me faltan vueltas del reloj y debo organizarme o morir.
No estoy atorada, de momento nada me agobia porque todas las nuevas aventuras que he emprendido lo he hecho con muchas ganas y mucha ilusión. Lo que debo es dosificar mis placeres y administrarmelos poco a poco en su justa medida.
Por ello, antes de cerrar este espacio que tantas satisfaciones me ha dado, me da, y me dará, he decidido que haré una sola visita semanal. Intentaré publicar en esa visita, pero es posible que en ocasiones no lo haga y me limite a trastear por la blogosfera.
No quiero abandonar mi "casa virtual", ya que me ha demostrado tener siempre las puertas abiertas para mí, con lo cual, vendré a airearla de vez en cuando.
Comienzo un camino de aprendizaje en el que he depositado muchas esperanzas e ilusiones, es algo que tenía que haber hecho hace mucho, aunque estoy convencida de que si es ahora cuando se ha cruzado en mi camino por eso será.
Además de eso, tengo que trabajar muchísimo mi salud, mi cuerpo y mi mente y no puedo descuidar a los míos. Mi familia, en especial mi Princesa, mi perro y mi novio, son imprescindibles para mí en estos momentos y quiero dedicarles todo el tiempo que me sea posible sin tener que decir eso de "bueno, me voy, que llego tarde".
En resumidas cuentas, nos veremos menos, pero nos veremos mejor.
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sábado 14 de enero de 2012
Vivita y "coleteándo"
Después de las navidades y de sus últimos coletazos, salgo de mi cueva donde he estado ivernando y me paseo por el mundo a ver si algo ha cambiado.
De momento veo que aquello de la bondad y la filantropía ha pasado de largo, que con las luces y las guirnaldas se han ido las ganas de cambiar las cosas, de ser mejores personas y vuelven esas costumbres de "meter el dedo en el ojo ajeno" que tanto se estilan y que tan poco duran en el cajón de "cosas que no haré en el nuevo año".
Bien sabe dios que si no me vuelvo a la cueva es porque se me han acabado las vacaciones y tengo que volver a trabajar, una excusa tonta, lo sé, pero es que tengo la rara manía de comer todos los días.
Bueno, seré breve, he pasado por aquí para comunicar al mundo que sigo viva, que este año ni papá noel ni los tres magos han podido conmigo y que, de forma excepcional, este año no seré tan buena, me apetece caminar un poquito por el lado oscuro y ver si es cierto eso de que ser pecadora da chispa a la vida.
Así que me voy ahora mismo a calzarme los tacones y a dejar en casa a la prudencia haciéndose cruces mientras voy a dibujar sonrisas picaronas, de esas de medio lado. Ya sabes...
De momento veo que aquello de la bondad y la filantropía ha pasado de largo, que con las luces y las guirnaldas se han ido las ganas de cambiar las cosas, de ser mejores personas y vuelven esas costumbres de "meter el dedo en el ojo ajeno" que tanto se estilan y que tan poco duran en el cajón de "cosas que no haré en el nuevo año".
Bien sabe dios que si no me vuelvo a la cueva es porque se me han acabado las vacaciones y tengo que volver a trabajar, una excusa tonta, lo sé, pero es que tengo la rara manía de comer todos los días.
Bueno, seré breve, he pasado por aquí para comunicar al mundo que sigo viva, que este año ni papá noel ni los tres magos han podido conmigo y que, de forma excepcional, este año no seré tan buena, me apetece caminar un poquito por el lado oscuro y ver si es cierto eso de que ser pecadora da chispa a la vida.
Así que me voy ahora mismo a calzarme los tacones y a dejar en casa a la prudencia haciéndose cruces mientras voy a dibujar sonrisas picaronas, de esas de medio lado. Ya sabes...
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martes 27 de diciembre de 2011
lunes 19 de diciembre de 2011
Carta a los que un día rieron conmigo
Ya es tarde. La herida es tan profunda y el tiempo me ha arañado tan descaradamente que para mí la sangre ya no une. Son tantas las noche que he pensado en vosotros, tantos los días que he llorado a escondidas, tantas las veces que he tenido que frenar el impulso de correr a vuestro lado, que ahora, sólo el hecho de ver una estela vuestra me retuerce el estómago hasta sangrarme.
Para mí ya es tarde. Vuestras risas ya no son mías y mis poemas no son vuestros. Soy yo quien a tenido que aprender a vivir sola, pues entre vosotros siempre os habéis tenido. Siempre he sido diferente. Siempre me habéis hecho sentir diferente y siempre me he obligado a ignorarlo. Era de esperar que la soledad me tocara a mí.
Y desde el dolor de este vacío causado por vuestra ausencia, pero con la tranquilidad de una conciencia límpia, decido, ahora sí, no volver a atar ningún lazo, pues no merece la pena crear uniones tan fuertes y dedicar tanto corazón a algo que al primer problema (al primero), se desvanece y se vuelve del color de la ansiedad.
Ahora comprendo tanto a la que me dio la vida... Yo, la primera que no la entendía, la más crítica con ella, ahora me visto con su traje, me curo con sus vendas y la comprendo como nunca. Ésta es la lectura positiva, ésta es la ventana que se me ha abierto tras la puerta que se me cerró a cal y canto. Que vosotros me cerrásteis.
Una se marcha y todos os desconsoláis. Cuando regresa todos acudís a su encuentro. Y no sois conscientes de que hay gente que no se ha marchado nunca pero que hace muchísimo mas tiempo que no está entre vosotros. Claro, yo no lo he publicado, no he hecho ruido ni he tocado vuestras puertas para contaros lo mal que me siento y lo mucho que he perdido. Yo lo que he hecho ha sido astillarme las uñas contra mis paredes, desandar tanto camino andado y abrirme paso, sin necesidad de huir, hacia mi nueva vida.
Sí, lo sé, algunos veréis esta carta como una agresión, como lo habéis visto todo desde el principio, como un ataque. Pero no voy a justificarme más, no hay nada más lejos de la realidad que la intención de agredir a nadie, lo creáis o no. Mi pretensión jamás ha sido esa, y si mi error ha sido el exceso de sinceridad o el haberme fumado algún cigarro que otro a escondidas en el baño, que lloren los ojos que lo vieron y se arrepientan de las consecuencias.
Para mi ya es tarde y no habrá navidad que consiga hacerme cambiar de opinión.
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miércoles 14 de diciembre de 2011
Ya no soy poesía
Mis letras ya no casan,
son burdas sombras
que no rozan labios
ni piernas.
No esconden poesía
ni escurren lágrimas,
no juegan a lo bello,
no se divierten.
Aunan
la sal y el agua
sin darse cuenta que son mares.
No superan el gris
en una paleta de colores.
Están cansadas,
solas...
Mis letras ya no lamen
corazones con sed de verso.
No comprimen la metáfora,
aquella a la que una noche
amaron a oscuras.
¿Será que las arrugas
se alimentan de poesía?
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lunes 12 de diciembre de 2011
Un domingo especial
Diciembre, frío, niebla y algunas gotitas tontas.
Madrid en esta época se viste de guirnaldas y panderetas, los mimos ahora son hombres sin cabeza, los magos han desaparecido y los churros con chocolate están al doblar de cada esquina. El olor de Madrid es dulce y cálido, y aunque tienes que ir bien agarradita al bolso porque hay más carteristas que Papás Noeles, (incluso me atrevería a decir que algún Papá Noel también es carterista) lo cierto es que te sientes segura y arropada. Madrid en esta época, y en todas, es acogedor.
Dos manos entrelazadas caminan al compás, dedicándose miradas cómplices y besos de fresa.
Ella no se lo cree. Está viviendo al escena perfecta, esa con la que llevaba media vida soñando. Lo tiene a su lado, hombro con hombro, labio con labio, es suyo.
Él... él no sé lo que pensaba, pero apuesto a que su sensación era muy parecida a la mía, o al menos, eso me decían sus ojos.
Madrid en esta época se viste de guirnaldas y panderetas, los mimos ahora son hombres sin cabeza, los magos han desaparecido y los churros con chocolate están al doblar de cada esquina. El olor de Madrid es dulce y cálido, y aunque tienes que ir bien agarradita al bolso porque hay más carteristas que Papás Noeles, (incluso me atrevería a decir que algún Papá Noel también es carterista) lo cierto es que te sientes segura y arropada. Madrid en esta época, y en todas, es acogedor.
Dos manos entrelazadas caminan al compás, dedicándose miradas cómplices y besos de fresa.
Ella no se lo cree. Está viviendo al escena perfecta, esa con la que llevaba media vida soñando. Lo tiene a su lado, hombro con hombro, labio con labio, es suyo.
Él... él no sé lo que pensaba, pero apuesto a que su sensación era muy parecida a la mía, o al menos, eso me decían sus ojos.
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miércoles 7 de diciembre de 2011
Sucedió en el caserio
Aquel largo pasillo que comunicaba la sala de espera con las habitaciones de la quinta planta esputaba olores rancios. Eran pestes muy desagradables, mezcla de vómitos y orines a los que las enfermeras parecían estar más que acostumbradas, algo que resultaba evidente por la manera en que se deslizaban por aquellos aires pestilentes sin hacer la mínima mueca de repudio.
Amalia, abatida y notablemente fatigada, atravesó ese corredor por centésima vez en los últimos tres días, regresaba de una cafetería aledaña al hospital, donde había tratado de cenar algo, aunque sólo consiguió dar dos bocados a un sándwich mixto y beber un café cortado de un solo trago.
Los enfermos habían recibido su cena hacía más de una hora, y aunque casi todas las bandejas ya habían sido recogidas y las cuidadoras estaban terminando la ronda en la que atendían las últimas necesidades de los enfermos. Aún se escuchaban las voces de las enfermeras animando a algún paciente inapetente para que probara bocado.
Varias habitaciones ya estaban cerradas con sus habitantes descansando, otras en cambio seguían pobladas de visitas que se resistían a irse a pesar del cansancio de sus enfermos y, las menos, permanecían con la puerta entornada a la espera de que el enfermo en cuestión recibiera su última visita médica del día.
En la habitación quinientos catorce aguardaba Fernando, el padre de Amalia, que en aquel momento tenía la necesidad de ir al baño pero precisaba de la ayuda de alguien.
Amalia le ayudó a sentarse en la cama pausadamente para después ayudarlo a poner los pies en el suelo. Dobló las rodillas hasta ponerse a la altura de su padre y rodeando su cuello con el brazo de Fernando se impulsó hacia arriba para terminar la maniobra.
Caminando muy despacio y con extremado esfuerzo llegaron al baño. El hombre anunció que tardaría un poco, por lo que Amalia, dejando la puerta entreabierta, salió del aseo y se desplomó en el sillón destinado a las visitas. Allí se dedicó a calmar su llanto desconsolado.
En Villaulipa, un pueblo de unos trescientos cincuenta habitantes situado a noventa kilómetros de Sidonia, instalaron los padres de Amalia su vivienda después de la jubilación de Fernando. Cansados del ajetreo de la ciudad y del rápido crecimiento de la población decidieron comprarse un caserío y dedicarse a disfrutar de la vida rural, empezando de forma modesta y llegando, con no poco esfuerzo, a tener decenas de cabezas de ganado y un huerto que proporcionaba existencias a los mercados más pequeños y humildes del pueblo.
Fernando había sido director de una sucursal bancaria en la capital durante más de treinta y cinco años y, la buena gestión contable de Jazmín, su mujer, provocó que pudieran permitirse algunos lujos para su nueva casa, como un minicine para una de las salas principales o un pequeño salón de juegos instalado en el espacio destinado al garaje. Con estas peculiaridades propias de personas pudientes tenían las visitas más que aseguradas.
Poco más de cuatro años habían pasado desde que se instalaron allí y Amalia podía observar en cada una de sus visitas como sus padres seguían igual de emocionados con su nuevo hogar, como el primer día.
Seguía sentada en el sillón de cuero negro, con las yemas pálidas por la fuerza con la que se descubrió apretando los dedos contra sus rodillas. Ahogó varios gritos de desesperación y se esforzó por dar fin a su llanto para que su progenitor no se percatara de aquel berrinche.
Tres días habían pasado de aquel criminal suceso y a pesar del desfile policial, diariamente repetido, por la estancia en la que se recuperaba Fernando, todavía el asunto estaba borroso. La agonía se estaba apoderando de la familia.
Amalia recibió la noticia de lo sucedido como un jarro de agua fría, pasadas las tres de la madrugada y a través de la llamada de una vecina de Villaulipa, en la que era advertida de que algo grave estaba pasando en casa de sus padres, pero sin recibir ningún dato que esclareciera lo ocurrido, sólo supo de la presencia de ambulancias y coches de policía.
La mayor parte del camino que separaba la capital del municipio era de una carretera comarcal, por la que Amalia circuló completamente sola, absorta en sus pensamientos, imaginando las horribles tragedias que podrían haber sucedido en el caserío. Pensó que a su padre podría haberle dado un ataque cardiaco, pues años atrás sufrió dos anginas de pecho, ocasionadas por la vida insana que llevaba debida a tantas horas de trabajo, una pésima alimentación y dos paquetes de Marlboro diarios. Todo ello quedó atrás cuando se jubiló. Decidió no dejar pasar un día mas jugando con su salud y comenzó a calibrar cada uno de los alimentos que se llevaba a la boca, incorporó en su vida hábitos muy saludables, como caminar dos horas al día y acudir a clases de baile con Jazmín, redujo su consumo de nicotina a tres pitillos diarios, uno después de cada comida.
Amalia también barajó la posibilidad de que hubieran sufrido algún accidente casero. La casa tenía una escalera de caracol que comunicaba el salón comedor con una boardilla a la que Jazmín apenas subía a causa de sus vértigos, y cuando lo hacía, siempre para limpiarla y ventilarla, relataba en voz alta que el día menos pensado se caería y se partiría la crisma. Como estos, muchos fueron los pensamientos que volaban por la mente de Amalia, a la vez que ella volaba por la carretera sin ser consciente del terrible peligro que corría. Alcanzó la salida sesenta y uno, desvío que tomó para adentrarse en el pueblo, aunque aún debía conducir unos kilómetros más. Según dejó atrás el desvío se vio obligada a encender las luces de largo alcance, ya que el puerto que ahora debía atravesar carecía de alumbrado alguno. Aunque la muchacha tuvo la sensación de haber tardado siglos en llegar, lo cierto es que recorrió el camino necesitando hora y cuarto menos de lo que tardaba normalmente.
Alcanzó por fin la casa, a empujones superó la tremenda barrera humana que vestía los aledaños de la finca, escuchando cómo las voces de los curiosos hacían todo tipo de conjeturas, y se abalanzó sobre un agente de policía que estaba terminando de cercar la casa con un cordón policial.
–Soy Amalia Fuentes, hija de los propietarios de esta casa. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde están mis padres?
El agente, sin hacer ningún gesto por intentar consolar o tranquilizar a la muchacha, contesto:
–Sus padres han sido trasladados al hospital Infantas, diríjase allí y solicite información, yo no puedo hacer nada más por usted.
–¡Dígame al menos qué ha sucedido! ¡Dígame algo!
–Señorita, ya le he dicho que no puedo hacer nada más por usted. Debe alejarse y dejarnos trabajar.
Ahora sí, conduciendo el coche con una imprudencia más que temeraria, llegó al hospital, desorientada y colérica, preguntó en admisión, donde tuvo que agarrar a la auxiliar de la solapa para que le prestara atención inmediata, y ésta llamó a los vigilantes de seguridad que llegaron ipso facto.
–Algo ha pasado con mis padres y no sé nada de ellos, ayúdenme, por favor.
Tras pedirle que se identificara y hacerle esperar varios minutos, un policía se acercó a ella y le pidió que le acompañara al despacho de la gerencia del hospital donde los esperaba un médico por si Amalia, después de recibir la noticia, precisara asistencia.
–Ha sido una tragedia. Lo lamento muchísimo, créame, pero vamos a necesitar de su total colaboración. El testimonio de su padre indica que han sido víctimas en su propia casa de un robo a mano armada. Al parecer, hace unas horas, un individuo ha entrado en la propiedad de sus padres creyendo que estaba vacía y al toparse con el matrimonio en uno de los dormitorios ha arremetido contra ellos. Su padre, a pesar del fuerte golpe que tiene en el costado, que hace pensar que pueda tener alguna costilla rota, ha salido relativamente ileso, pero su madre ha fallecido víctima de varias puñaladas, una de ellas asestada directamente al corazón. Lo siento muchísimo. Estamos haciendo todo lo posible para encontrar al culpable de este macabro acto, ahora, a pesar del dolor que sé que siente, le pido que no desatienda a su padre, él la necesita.
Amalia llevaba días sacando fuerzas de flaqueza desde lo más hondo de sus entrañas. Se animaba pensando en la pronta recuperación de su padre para poder llevárselo de nuevo a la capital y tratar de olvidar todo aquello lo antes posible.
Escuchó ruidos en el cuarto de baño, como si su padre estuviera intentando levantarse solo, enjugó el último puñado de lágrimas y acudió a su encuentro.
Despacio, volvieron sobre sus pasos y con un esfuerzo considerable, Fernando volvió a tumbarse.
–Intenta dormir un poco, hija. El cansancio te va a matar.
Ella no pudo pegar ojo, al revés, lo que quería era despertar de esa terrible pesadilla y bajar al porche a desayunar con sus padres, como hacía todas las mañanas de domingo en las que amanecía en el caserío.
Jazmín preparaba huevos revueltos con tocino, pan tostado con queso de cabra y mortadela acompañando a unos tomates abiertos por la mitad con sal y aceite de oliva. Bebían zumo de naranjas recién exprimidas y café moca, hablaban de la tranquilidad que allí se respiraba y sobre las ganas que tenían de conocerle a su hija algún novio.
Amalia llegó a sonreír gracias a los agradables pensamientos, que fueron interrumpidos por la voz real de su padre, que esta vez, hablaba en sueños,“Jazmín, despierta… abre los ojos, mi amor”
Amalia se acercó presurosa a él y vio como temblaba y sudaba excesivamente. Rápido, pidió asistencia. Una enfermera tranquilizó a la muchacha indicándole que esos síntomas eran normales, producidos por la fuerte medicación a la que su padre estaba sometido para soportar el dolor de sus costillas rotas.
Amaneció en el hospital Infantas como si en el mundo no existieran desgracias, como si a pesar de encontrarse allí la vida fuese maravillosa y los males y las enfermedades fueran cosas secundarias. Se presentó un día tan espléndido que resultaba insultante.
Fernando despertó poniendo sumo cuidado en no interrumpir el sueño de su hija. Fijó su mirada en el techo y renunció a su cuerpo. Fue Amalia quien al escuchar un profundo suspiro, se acercó a el y le besó la frente.
–¿Cómo te encuentras, papá?
Tras varios segundos de silencio, respondió.
–Vacío.
–¿Has soñado con mamá, verdad?
–Y lo haré hasta que me muera, querida. Hasta que me muera.
Con el desayuno de Fernando trajeron una buena noticia, el alta médica del paciente, aunque debería continuar varias semanas guardando reposo absoluto para terminar de sanar.
Antes de que Fernando terminara de dar buena cuenta a su escaso desayuno, dos policías entraron en la habitación, y a pesar de la resistencia de Amalia a dejar solo a su padre, se vio obligada a salir de la estancia.
Nerviosa, se cruzó de brazos, se apoyó en el quicio de la puerta e intentó escuchar lo que dentro se estaba tratando.
–Usted está herido porque su mujer se resistió. –Oyó decir a un policía.
–Eso no es cierto, yo…
– Fernando, conviene no pronunciarse en estos momentos o todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra –Dijo el agente al que Amalia había identificado más joven.
-Señor Fuentes, queda usted detenido por el asesinato de Jazmín Morales. –sentenció el agente más curtido.
En el momento en que uno de los policías se disponía a leer los derechos del presunto asesino, Amalia irrumpió en la habitación sin permiso, mientras su padre pedía que no le esposaran con las manos a la espalda porque eso intensificaba sus dolores.
–¡Qué coño pasa aquí! –Vomitó Amalia en un grito.
–Ahora recibirá por parte de mis compañeros la información necesaria, señorita.
–¿Papá?
–Lo siento, princesa, de verás que lo siento –dijo el preso sin levantar la cabeza del suelo.
Amalia cayó desplomada, su cuerpo ya no respondía a ninguna de las órdenes de su cabeza. Vertida en el suelo vio cómo las tres figuras se difuminaban hasta desaparecer en aquel apestoso e interminable pasillo.
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